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sábado, 4 de abril de 2009

Continuación de Ouija Capítulo II El Espiritismo

Hay pruebas de ello.
El problema radica en conocer la escenografía y ortodoxia correctas para entablar contacto con el ámbito de los espíritus. Y el problema radica también en tener las condiciones necesarias —médium— que permitan distinguir la validez de esas comunicaciones y la cualidad positiva o negativa de los espíritus que tratan de contactar con nosotros haciéndonos llegar sus mensajes, sus experiencias y, ¿por qué no?, sus sufrimientos y tribulaciones.

Al respecto de todo lo dicho dejaremos sentadas una serie de premisas que resumen o extractan lo hasta ahora comentado.

Primera. Todos tenemos un espíritu que quedará liberado de la existencia corpórea y terrena en el momento en que se produzca nuestra muerte física.

Segunda. Ese espíritu, que habrá participado seguramente en otras existencias, en este mundo o en otro, pasará a la dimensión universal en espera, muy probable, de una futura reencarnación.

Tercera. Dicho espíritu, lo mismo que los demás, puede experimentar en cualquier instante la necesidad de entrar en contacto con la morada de los humanos, ya sea para ayuda de éstos o en su propio beneficio si es que necesita auxilios en su posible estancia errática.


Cuarta. Los espíritus que expresan el deseo de conectar con nuestro ámbito pueden hacerlo de diferentes formas y maneras, y no se limitarán a servirse exclusivamente de los médiums o a que se les invoque a través de una sesión espiritista o de ouija. Están en libertad de manifestarse cuando ellos lo consideren oportuno.

Quinta. Lo mismo que en nuestro mundo existen el bien y el mal no es descabellado pensar —al contrario, es importante considerarlo— que suceda de igual forma en el más allá. De ahí la necesidad de saber qué clase de espíritu contacta con nosotros y las razones de la comunicación. Es vital que aquellas personas que supongan o intuyan cercana la presencia de un espíritu, no se obsesionen con este hecho y se comuniquen con grupos de espiritistas expertos y experimentados que puedan asesorarles con respecto a la actitud que deben tomar.

Sexta. Quienes no admitan la doctrina espírita, sean escépticos o la consideren un fenómeno absurdo procedente de la subcultura o de una fantasía exacerbada, deben abstenerse de la burla y/o el escarnio mostrándose todo lo indiferentes que quieran, pero al mismo tiempo respetuosos. La historia del espiritismo refleja múltiples experiencias, nada agradables, acaecidas a personas que fueron demasiado lejos a la hora de mofarse de esta filosofía o de desprestigiarla con metodología insultante.

A continuación, expuestas nuestras teorías iniciales (y fundamentales) sobre lo que consideramos la ortodoxia espírita, transcribiremos unos textos de Allan Kardec (ya nos hemos referido a él con anterioridad) y Gabriel Delanne correspondientes al resumen o epílogo de la obra escrita por ambos autores bajo el título de: LOS FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO.

Dichos textos, según nuestro criterio, tienen mucho que ver o se relacionan de algún modo con los términos que hemos venido apuntando (y sosteniendo) desde el principio hasta ahora.

Dicen así:

El hombre viene a este mundo como el niño va a la escuela: a estudiar y desarrollar sus facultades.
Para progresar, el espíritu necesita revestir una envoltura carnal, porque permaneciendo en el espacio sin necesidades para satisfacer, su progreso sería nulo, puesto que sólo la necesidad nos obliga a trabajar y aguijonea nuestra inteligencia y nuestro ingenio, a fin de vencer el sinnúmero de obstáculos que encontraremos en nuestro camino.

Tal es el objeto de la encarnación para la inmensa mayoría de los seres. En cambio, los seres verdaderamente elevados no encarnan para lograr su evolución, porque ellos sí progresan en el espacio.
A ellos no es ya la necesidad la que les obliga a estudiar, sino el amor que sienten por el estudio y la ciencia, su vivísimo deseo de encontrar las leyes que rigen la evolución de la humanidad y de los mundos.

El fin que se persigue con la evolución, es la felicidad, y la única verdadera se encuentra en el cumplimiento de la ley, o sea, en el desarrollo del ser por medio de la virtud y la ciencia.

Esa es la felicidad que encuentran los espíritus evolucionados en el estudio y en la ejecución de obras que redundan en beneficio de la humanidad. Los espíritus llegados a tan alto grado de evolución viven en constante actividad y dedican siempre sus esfuerzos a alguna obra útil, ya sea que estén encarnados o en el espacio.

En el espacio cuentan con mayores elementos para la investigación y tienen sus sentidos más desarrollados, así es que pueden efectuar estudios más concienzudos y profundos.

En cambio, cuando esos espíritus encarnan en este mundo, aunque no tienen los sentidos tan desarrollados como en el espacio, su penetración es superior a la del común de los mortales y vienen a promover el progreso de la humanidad.

Con mucha frecuencia estos seres superiores son desconocidos por el mundo, que los trata mal y les hace sufrir una muerte ignominiosa.

Esto no arredra a la pléyade de espíritus superiores que constantemente trabajan por el progreso de la humanidad y que encarnan en este mundo cada vez que es preciso.
En cuanto a los seres menos evolucionados, que forman la inmensa mayoría de los habitantes de la Tierra, viven generalmente sin pensar casi en la vida eterna, e ignorando cuál es el objeto y objetivo de su venida a este mundo.

Para tales personas la evolución es más difícil que para aquellas que conocen los destinos del alma después de la muerte y las razones de la encarnación.

Entre estos ignorantes de su destino, existen varias clases: la INTELECTUAL, la RICA y la PROLETARIA. Los que pertenecen a la primera, se dedican asiduamente al estudio, encuentran su felicidad en ese trabajo y «un que en muchos casos profesan ideas equivocadas, su esfuerzo constante por desarrollar la inteligencia y el desinterés que los guía, determinan una evolución rápida cuando llega el momento favorable. En cuanto a los mimados de la fortuna, los que poseen grandes riquezas, a ellos es más difícil que los ilumine la luz de la verdad, pues además de que la riqueza fomenta todos los vicios y sirve para dar rienda suelta a las pasiones, los ricos están por lo general rodeados de personas que les adulan y hacen aún más denso el velo que les oculta la verdad. Jesucristo dijo: «Es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos, que un camello pase por el ojo de una aguja. » Como es tan agradable y proporciona tantas satisfacciones la posesión de riquezas, raro es aquel que no las ambiciona.

Esta ambición es compartida, incluso, hasta por gran parte de los espíritus antes de encarnar en nuestro mundo, puesto que piden la prueba de poseer riquezas, imaginándose que sabrán cumplir bien con la misión del rico. Desgraciadamente, la mayor parte de los que aceptan esta prueba sucumben, pues en vez de dedicar su patrimonio al bien de los semejantes, lo emplean exclusivamente en la satisfacción de sus goces materiales. Por esta circunstancia no debe ser ambicionada la riqueza.

Cada cual debe con tentarse con lo que tiene y procurar únicamente satisfacer sus necesidades elementales, sin ambicionar los lujos y demás superfluidades de la Tierra.
El bienestar material es necesario, a fin de que el espíritu se sienta más tranquilo y así no esté exclusivamente preocupado por la afanosa lucha por la vida y pueda dedicarse a estudios y trabajos que eleven su nivel.

Con frecuencia el obrero dedicado al rudo trabajo y a la lucha cotidiana por subsistir, está descontento con su suerte, pero su actitud no está justificada, pues debe pensar que de él depende mejorarla.

Bástale para ello que no gaste nada en lo superfluo, sobre todo en bebidas embriagantes que tanto hacen sufrir, no sólo al obrero que tiene tan terrible debilidad, sino a toda su familia.
Además, siendo trabajador y cumplidor, es raro el obrero que no logra mejores salarios y mejor posición, ascendiendo a desempeñar los cargos más elevados, puesto que todos los vigilantes, o por lo menos empleados de cierta categoría, se reclutan entre los obreros más cumplidores y aptos.
Sobre todo, los obreros no deben nunca desesperar de su suerte y de la situación por la que atraviesan, pues es el resultado de sus encarnaciones y no podrán modificarla bruscamente.
El presente es el producto del pasado y no está en nuestro poder alterarlo; sólo el porvenir depende de nosotros y podemos labrarlo según nuestros deseos.

Que los trabajadores se hagan de lleno a esta idea y que comprendan que, si su situación actual es triste, pueden mejorarla por medio de un esfuerzo continuo y perseverante. Con la violencia no se obtiene ningún resultado práctico, por cuyo motivo no deben recurrir a ella, sino procurar el mejoramiento de su posición por medio de un esfuerzo constante y continuado.

Pero lo que más debe sostener al obrero en su lucha incesante, es la convicción de que no está solo, que no se encuentra desamparado, que a su lado se halla constantemente algún espíritu que solícito lo guía, lo ayuda y lo sostiene y que por encima de ese espíritu está Dios, Padre común de todos los mortales, que a todos reserva el mismo destino.

La diferencia entre las posiciones de quienes habitan este mundo, sólo tiene importancia considerándola desde el punto de vista material y suponiendo que la existencia actual es la única de que disfrutamos. En cambio, considerada desde la perspectiva de la pluralidad de existencias, ya en la tierra, ya en el espacio, pierde toda su importancia, pues se comprende la admirable compensación que existe en todo.

El que en esta existencia se ha dedicado a la satisfacción de sus placeres materiales, al abandonar el mundo no encuentra en el espacio medio de dar satisfacción a dichos placeres; y como su espíritu no está preparado para otra clase de actividades, no puede disfrutar de ellas y se encuentra en una situación muy penosa, que llega a ser verdaderamente aflictiva y terrible para los de corazón duro, que siempre han pensado tan sólo en sí mismos.
El criminal empedernido y el déspota sufren cruel castigo en el espacio y son perseguidos constan te- mente por la visión de sus víctimas.

En general, «los últimos serán los primeros», como decía Jesucristo, dando a entender que los humildes, los que llevan la vida más oscura, siempre que hayan vivido en armonía con la ley divina, serán en el espacio los primeros; serán los que ocupen los puestos más elevados y disfruten de mayor felicidad; mientras que «los orgullosos serán humillados», aunque en esta tierra hayan sido los mimados de la fortuna.

Esta ley de retribución y progreso del espíritu a través de múltiples encarnaciones, debe consolar a los afligidos haciéndoles comprender la admirable justicia del Creador, concediéndoles el premio a cualquier esfuerzo, siempre que éste haya perseguido un fin noble.

De esta manera, todos los que habitamos este mundo despreciaremos la vida y sus pequeñeces dedicándonos con ardor a desarrollar nuestras virtudes y nuestra inteligencia y a trabajar por el progreso de la humanidad, con la firme convicción de que con nosotros están numerosos espíritus de alta jerarquía que nos guían y secundan.

Con tales creencias el espíritu humano olvidará el pesimismo, hijo de la poca fe, y se inspirará en ideas optimistas que alientan y animan a los nobles corazones para emprender las más arduas empresas.

Habiendo vislumbrado con esas creencias parte de la verdad, será tal nuestro entusiasmo, que se multiplicará nuestro ardor para proseguir esos estudios, dejando a un lado, de paso, todo cuanto impida el libre desarrollo del espíritu que poseemos.

Dormiremos sólo lo necesario para restablecer las fuerzas; ocho o nueve horas los jóvenes, y siete u ocho los adultos.

Comeremos únicamente lo indispensable para conservar el vigor del cuerpo y entre los alimentos elegiremos los más nutritivos y sanos (los mejores alimentos son aquellos que provienen del reino vegetal, pues del reino animal sólo la leche y sus derivados tienen las propiedades requeridas); procuraremos ser metódicos en el empleo de nuestro tiempo, a fin y efecto de que nos alcance para todo y podamos cumplir debidamente con las tareas diarias, y a la vez podamos dedicar algunos espacios al estudio y a la meditación.
Ejerceremos estrecha disciplina sobre todos nuestros actos. Para esto, debemos preocuparnos especialmente de dominar el pensamiento y dirigirlo de manera continua hacia alguna tarea u obra útiles, puesto que no verificaremos ninguna acción buena o mala si antes no la hemos preparado en el laboratorio de nuestro pensamiento.

No permitiremos jamás que ninguna idea impura se adueñe de nuestra mente; por el contrario, procuraremos pensar siempre en cosas útiles; y sólo cuando no tengamos algún acto importante en que distraer el pensamiento, le permitiremos que vague por el campo del ideal, de las ilusiones, por más irrealizables que parezcan, siempre que tengan una noble finalidad.

De esta manera vuestro espíritu siempre tendrá loables tendencias; y esos ideales aparentemente irrealizables, se realizarán mucho más pronto de lo que vosotros pensáis, pues al fin y al cabo vosotros mismos os sentiréis impulsados a trabajar por su triunfo, después de lo que hemos visto en las VIDAS SUCESIVAS.

Seguramente, a muchos lectores, el léxico empleado en estos fragmentos de Allan Kardec que acabamos de reproducir, se les antojará desfasado, anclado en tiempos pretéritos que nada tienen que ver con los que actualmente vivimos. No vamos a discutir esa evidencia, pero sí a recordar que la vigencia de estos escritos debe circunscribirse a la época en que vieron la luz por primera vez... Pero a pesar de ello debe quedar muy claro para todos que el espíritu de síntesis, la filosofía que de ellos se desprende, sigue siendo válida y aplicable a la actualidad.

La enseñanza es provechosa al margen de su terminología expresiva. El lector, en este caso, debe contemplar la cuestión desde una perspectiva de fondo y no de forma.

HISTORIA CONTEMPORÁNEA DEL ESPIRITISMO

Como ya hemos comentado anteriormente, el advenimiento del cristianismo supuso una larga pausa de letargo en las experiencias y prácticas espíritas hasta que...

El 2 de diciembre, John D. Fox, con su esposa y sus dos hijas menores, Margarita y Catalina, acababan de instalarse en una casa de labranza de Hydesville (cerca de Nueva York, en EE.UU.). La mayor, Margarita, contaba ocho años de edad y Catalina tenía tan sólo seis. A los pocos días la madre empezó a oír ruidos extraños que se originaban en el cuarto de las niñas, únicamente cuando ellas estaban despiertas. Hacia finales de febrero de 1848, los sonidos se escuchaban a manera de golpes secos. El 31 de marzo del mismo año la menor de las niñas tuvo la idea de decirle al ruido que hiciera lo mismo que ella y dio acto seguido tres palmadas.

A continuación se dejaron oír idéntico número de golpes.
La madre, que había presenciado otras pruebas que las niñas hacían a manera de juego, decidió entablar «diálogo» con aquello que producía los golpetazos, obteniendo respuesta y llegando a descubrir que el causante de los mismos era el alma de un hombre que había sido asesinado en aquel lugar.

Para facilitar el contacto propusieron al espíritu que contestaba que las distintas letras del alfabeto fuesen significadas por diversos números de golpes; desde este momento las comunicaciones se hicieron más inteligentes, pues a través de tal procedimiento llegaron a deletrear el nombre del difunto, que resultó ser Charles Ryan (Charles Ryan era buhonero de profesión y fue asesinado en 1832 a los 30 años de edad. Posteriormente, se supone que los criminales trasladaron el cadáver a la casa donde más tarde vivirían los Fox, enterrándolo en el sótano. Aunque en repetidas ocasiones le instaron a que diese el nombre o nombres de quiénes le habían quitado la vida, respondió invariablemente lo mismo: pertenezco a un mundo en el que toda venganza esta excluida. (“Nota del autor”.)

A este fenómeno de los golpes se le añadieron otra clase de manifestaciones.

El hecho trascendió no sólo a las casas vecinas y a todo el pueblo, sino que se hizo popular gracias a la prensa que fue aireando por doquier los extraños sucesos acaecidos en la localidad de Hydesvifle.

Puede afirmarse que las hermanas Fox pusieron ya en práctica todos los procedimientos (incluido un amago de Ouija) de los que más tarde habrían de servirse los espiritistas en sus experiencias de contactos con el más allá.

El hombre participa en dos modos de existencia, pertenece al mundo visible por su cuerpo físico y al invisible por su cuerpo fluídico o astral. Estos dos cuerpos participan en él durante la vida.

 La muerte los separa.

Con la muerte lo material se descompone y desaparece, pero el alma, cuerpo inmaterial, pasa a otro status con una u otra finalidad, según las creencias de cada uno. Hay quien opina que se queda en aquél para siempre, y otros que está allí de paso —es nuestra teoría, ya expresada con anterioridad—, a la espera de otra reencarnación, con el fin de alcanzar el paraíso o nirvana.
Sobre nuestra humanidad material se agita otra de invisible compuesta de seres que han vivido en la tierra, o en otros mundos, y que están despojados de la envoltura carnal. Estas dos dimensiones se hallan separadas por una barrera física que el hombre no puede traspasar. Es por esta causa que ha intentado encontrar distintos sistemas de comunicación con los espíritus del más allá (los más comunes el espiritismo propiamente dicho y la ouija), en busca de explicaciones sobre el funcionamiento del mundo y consejos para actuar correctamente. Por lo que respecta a los habitantes de la otra dimensión es posible (casi seguro, como ya hemos apuntado en su momento) que ellos sientan también la necesidad de comunicarse con nosotros a fin de pedirnos ayuda para poder obtener sus logros y alcanzar las finalidades que pretenden.

Si bien las prácticas y prodigios del espiritismo tuvieron sus comienzos en los Estados Unidos, de allí pasaron a Inglaterra, de donde fueron a desembarcar en Alemania, y de ésta se extendieron a Francia, naciendo en este país la sistematización de las explicaciones de aquellos fenómenos. El primer gran teórico y «gran pontífice» del espiritismo fue León Hipólito Denizart Rivail, conocido con el seudónimo de Allan Kardec, de quien ya hemos hecho sobrada mención a lo largo de lo que llevamos escrito, pero sobre quien vamos a extendernos algo más para completar su biografía y también, ¿cómo no’?, su aportación a la moderna historia del espiritismo.

Aunque nacido en Lyon, en 1804, de padres católicos, el ambiente en el que se crió y las enseñanzas recibidas sobre todo siendo alumno de Pestalozzi en la Escuela de Iverdún, Suiza, le hicieron albergar la idea de reducir la Religión a los límites de la Ciencia y de la Filosofía. Tras dedicar bastantes años de su vida a la enseñanza, para él monótona, se consagró a la estructuración de la doctrina espiritista. Ello se produjo a raíz de su asistencia a una sesión medí anímica en París, viendo en los procedimientos dçI espiritismo naciente un medio eficaz de desarrollar su ideal religioso. A partir de este momento empezó a elaborar teorías que hizo públicas en obras como: El gran libro de los espíritus, El libro de los Médiums y El Evangelio según el espiritismo, entre otros.
Desde entonces el espiritismo no dejó de ganar terreno influyendo en el gran desastre de la Primera Guerra Mundial como gran detonador de su expansión. Todas las familias que habían recibido algún golpe mortal decidieron buscar el único consuelo que les restaba: con versar con los desaparecidos.

Las almas o espíritus de los que han existido constituyen el mundo invisible que puebla el espacio y en medio del cual vivimos. Esto equivale a asegurar que desde que hay hombres hay espíritus y también se puede deducir de ello que desde siempre han tenido el poder de manifestarse, aunque hasta ahora el fenómeno no se haya estudiado.

LOS MÉDIUMS

El espíritu, separado por la muerte de la materia, no tiene sobre ésta ya acción alguna, ni puede manifestarse en el centro humano sin fuerza, sin una energía que toma prestada al organismo de un ser vivo: el médium. Es decir, éste es una persona apta para sentir la influencia de los espíritus y transmitir su pensamiento.
El fluido periespiritual es el agente de todos los fenómenos espiritistas; éstos no pueden operar sino por la acción recíproca de los fluidos emitidos por el médium y el espíritu. La predisposición medianímica es independiente del sexo, la edad y el temperamento. La facilidad que existe entre las relaciones de espíritus y médiums depende del grado de afinidad que haya entre los dos fluidos; los hay que se asimilan fácilmente y otros que se repelen. Por la asimilación de los fluidos el periespíritu se identifica, por decirlo así, con la persona que quiere influir; no solamente le transmite su pensamiento, sino que puede ejercer sobre ella una acción física haciéndole hablar u obrar a su voluntad y obligándole a decir lo que quiere; en una palabra, servirse de sus órganos como si fuesen los propios, pudiendo incluso neutralizar la acción del espíritu de aquélla paralizando así su libre albedrío.
El médium es un instrumento de inteligencia extraña; es pasivo y lo que dice, por tanto, no viene de él. Los buenos espíritus se sirven de esta influencia para el bien, mientras que los malos se aprovechan de ello para todo lo contrario.

ESPÍRITUS BUENOS Y MALOS

Acabamos de manifesta que los médiums están bajo la influencia (incluso dominio) de los espíritus y harán lo que ellos quieren que hagan; por tanto, dependiendo de cómo sea el espíritu, las acciones del médium serán buenas o no.
La obsesión es el dominio que los espíritus perversos ejercen sobre ciertos individuos, con el fin de enseñorear- se de ellos y someterlos a su voluntad por el placer que experimentan causando daño.

Cuando un espíritu, bueno o malo, quiere obrar sobre un sujeto, lo envuelve, digámoslo así, con su penespíritu como si fuera una capa; entonces, penetrándose los dos fluidos, los dos pensamientos y las dos voluntades se confunden, y el espíritu puede entonces servirse de este cuerpo como del suyo propio (del que tuvo y ya no tiene), haciéndole obrar a su voluntad, hablando, escribiendo o dibujando; así son los médiums. Si el espíritu es noble, su acción es dulce y benéfica y no inspira sino cosas buenas; si es pérfido, las inspira malas.

Si es innoble e inicuo, arrastra a la persona cual si la tuviera dentro de una red, paralizada hasta su voluntad, y aun su juicio, el cual apaga bajo su fluido como cuando se extingue el fuego con un jarro de agua: le hace pensar, obrar por él; le obliga a cometer actos extravagantes o felonías muy a pesar suyo; en una palabra, le magnetiza, le produce la catalepsia moral, y entonces el individuo se convierte en ciego instrumento de sus posibles amoralidades y vesanías.

Tal es la causa de la obsesión, de la fascinación y de la subyugación, vulgarmente llamadas posesión.
Es necesario observar que aunque el sujeto tenga conciencia de que lo que hace es absurdo, ridículo, cruel y/o peligroso, se ve forzado a realizarlo como si alguien mucho más vigoroso que él y muy superior a su propia voluntad le hiciera moverse en contra de ésta.

El espiritismo no ha traído los malos espíritus; se ha limitado simplemente a descorrer el velo y ha dado los medios para paralizar su acción, y por consiguiente, de alejarlos. No ha traído el mal, puesto que éste ya existía y existirá siempre; al contrario, ha traído el remedio al descubrir la causa.

Habiendo malos espíritus que obsesionan, y buenos que protegen, uno puede llegar a preguntarse si es que los malos son más poderosos que los buenos. No es el buen espíritu el más débil, es el médium que no es bastante fuerte para sacudirse de encima la capa que le ha sido echada, para desasirse de los brazos que le oprimen, y en los cuales, algunas veces, puede incluso hallarse complacido.

Antes de pretender dominar los malos espíritus, es menester dominarse a sí mismo. De todos los medios para adquirir fuerza con que lograrlo el más eficaz es la voluntad, secundada por la oración; oración fervorosa, se entiende. Es necesario acodarse de la máxima «ayúdate, y el cielo te ayudará», pedir la fuerza que nos falta para vencer las malas inclinaciones, que son peores que los malos espíritus, pues éstas son las que les atraen.

Algunas veces sucede que la subyugación aumenta hasta el punto de paralizar la voluntad del obseso, y no puede esperarse de su parte ningún concurso serio. Entonces es cuando se hace necesaria la intervención de un tercero, sea por la oración, sea por la acción magnética; pero la potencia de esta intervención depende asimismo del ascendiente moral que los interventores pueden adquirir sobre los espíritus, pues si no valen más que ellos, la acción resulta de todo punto estéril.



Autor: Francisco Caudet Yarza



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